domingo, 29 de enero de 2012

Venga, vamos, les tienes que conocer.


Me llamo Abigail y, por aquella época, tenía diecisiete años y millones de hormonas sueltas por mi cuerpo. Decían que estaba loca, pero, si me hubieran conocido como lo hizo Él, sabrían que todo eran capas; que en verdad estaba llena de nubes grises y algún que otro sol, que a cabezota no hay quien me ganase, que me encantaban las series de dibujos animados, que me enamoraba de cualquier personaje de libro, que adoloraba ser pasota y anormal, que lloraba una vez sí y otra también, que tenía tendencia a la mala suerte, que me hubiera gustado poder volar para evitar ciertas cosas y que no podía decir que sí, cuando lo correcto era no. Sí, me llamo Abigail, tenía diecisiete años, medía 1,70, morena, ojos grises, no era virgen y no, no estaba loca.
Eran los demás:

Catherine era muchas cosas.
Podía ser alegría y tristeza. Pero también locura y peligro.
Ella era mi amanecer por las mañanas. O un atardecer bonito en el mar.
Cath era la única persona capaz de conseguir que me despertara de buen humor o, quizás mejor, la única que conseguía mantener mi carcajada durante tardes enteras a su lado.
Catherine sabía quién y cómo era yo. Y yo sabía quién y cómo era Catherine. Éramos una.
Si nos juntábamos, los demás podían esperarse lo peor.
- ¿Sabes? Algún día de estos escribiremos al mundo un libro.
- ¿Un libro?
- Sí, con nuestras locuras, y estoy segura de que nos forraremos.
- Y yo estoy segura de que estás como una jodida cabra, Abi –reí.
- Una jodida cabra con pasta, Cath.
Ella solo sonrió.
Catherine, Cath, mi mejor amiga. O, al menos, una de ellas.


Penny pensaba que la vida era un sueño. Que existía ese caldero lleno de monedas de oro custodiado por un duendecillo al final del arco-iris.
Penny, tenía pecas. Penny, siempre llevaba trenzas. Penny, era pelirroja.
Penny creía en la suerte. Creía que las estrellas fugaces te concedían deseos, que si veías una mariposa blanca traía buenos presentimientos.
Penny, era ingenua.
Penny lloró cuando se dio cuenta de que, todo aquello en lo que había creído, se había esfumado. ¿Por qué? Porque Penny, aquella niña ingenua, se enamoró. Y, ahora, no había ni calderos mágicos, ni estrellas fugaces, ni mariposas blancas. A Penny solo le quedaba su corazón robado y sus lágrimas de felicidad con sabor a mar.
Era Penny, mi  cómplice de secretos y mentiras.


Yo ya sabía quién era él. Un jodido destroza-corazones con ganas de guerra. Ya era experta en el terreno de su corazón.
Y es que era él, Jay, él y él. No había nada más allá. Se podía dar de hostias con cualquiera, saltarse una semana entera de clase y ser más chulo que cualquiera.
Él decía que nadie se metía con él, excepto yo.
Tenía una moto, la cuál no salía del taller, y dos gatos. Hache y Jota. También tenía un grupo, él era el que cantaba y, demasiado bien, para qué negarlo.
- ¡Preciosa!
- Cállate un rato la boca, capullo.
- Cállamela tú, morena.
Y sí. Aquella vez se llevó una torta. De las grandes.
Era Jay y no tenía ni puñetera idea de qué era.

Le conocía bien.
Él era un amigo incondicional, alguien que se superaba día a día.
Para mí, Frank no tenía ni día, ni noche. Era siempre él, no cambiaba.
Frank era fuerte y siempre tenía una sonrisa para regalarte, o un beso en la mejilla para decirte que la vida no era tan dura cuando la mirabas por otros ojos.
Era un ligón. Todas las chicas iban detrás de él, menos yo. Menos yo, porque Frank era mi mejor amigo.

Joe era…no lo sé. No sé qué coño pintaba en mi vida.
La gente normal lo llamaba “novio”, pero yo, por aquel entonces, no sabía qué les pasaba a mis sentimientos.
Pero Joe podía ser una sonrisa, un enfado, o millones de mariconadas juntas en una misma frase.
Le quería. Creo. Aunque fuese a mi manera.
— Estás loca.
— Lo sé, Joe, pero me quieres.
— Sí, te quiero.
Solo sonreí, porque, en parte, me daba miedo quererle, enamorarme. Sufrir.
Joe era… era el mejor.

Elisa era bipolar. Sí, como un día de lluvia y sol. A veces la podías soportar, otras no.
Pero resulta que Elisa te hacía sonreír ante todo, y sabía como cuidar a sus mejores amigos, como yo. Por eso me encantaba. Me encantaba su forma de pasar de todo cuando nada salía bien o sus piques con la gente.
Sí, Elisa. Otra de mis mejores amigas.

Si me preguntaran quiénes eran las personas más importantes en mi vida diría que ellos. Y aquello no había hecho más que empezar.